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¿Se parece el THC a la psilocibina? Cuatro personas tomaron las dos y esto fue lo que dijeron

Pregúntele a un farmacólogo si el cannabis es un psicodélico y la respuesta será un no rotundo: el THC y la psilocibina actúan sobre receptores distintos y viven en capítulos distintos de cualquier manual. Pero el manual describe cómo actúa una sustancia en el cerebro, no cómo se siente. Un grupo de investigadores de la Universidad Johns Hopkins decidió atacar la segunda pregunta de frente: dieron a las mismas cuatro personas 25 mg de psilocibina y 25 mg de THC en días distintos y les pidieron, básicamente, que distinguieran una de otra.

El trabajo se publicó el 27 de agosto de 2026 en la revista Psychopharmacology y puede consultarse aquí. El dato que circuló más rápido fue el del parecido: en los cuestionarios estandarizados que miden estados alterados de conciencia, el perfil de 25 mg de THC se pareció cualitativamente al de 25 mg de psilocibina. El dato que hay que leer junto al anterior es el tamaño de la muestra. Cuatro personas. No cuatrocientas.

Lo esencial

Cuatro adultos sanos de entre 31 y 47 años recibieron, en sesiones separadas y a doble ciego, placebo, 25 mg de psilocibina y 25 mg de THC; dos de ellos tomaron además 50 mg de THC. El entorno era el de la investigación psicodélica: camilla, antifaz, lista de música y dos acompañantes formados durante toda la sesión. A dos participantes se les administró dronabinol, THC sintético de más del 99 % de pureza; a los otros dos, un destilado vegetal de cannabis con 89,9 % de THC. Los del dronabinol calificaron la experiencia como más parecida a un psicodélico clásico que a un cannabinoide; los del destilado identificaron correctamente el cannabis. En las escalas de estados alterados y experiencia mística, sin embargo, ambas formas de THC produjeron perfiles cualitativamente similares a los de la psilocibina. Duplicar la dosis a 50 mg no hizo la experiencia más psicodélica: la volvió más sedante y disociativa. Los autores califican el trabajo de estudio piloto y advierten de que la muestra era demasiado pequeña incluso para aplicar estadística inferencial. Es una señal, no una conclusión. Y en ningún caso demuestra que el THC actúe en el cerebro como la psilocibina.

Qué hicieron exactamente

El diseño es pequeño pero deliberado. Cada participante pasó por sesiones separadas a doble ciego con placebo, psilocibina y THC. Dos recibieron además la dosis doble.

El THC se administró en dos formas distintas, y ahí está una de las claves. El dronabinol es THC sintético de grado farmacéutico; en varios países existe como medicamento con receta y ya se ha usado en ensayos clínicos, como el ensayo alemán sobre THC y pesadillas postraumáticas, donde el rango completo de dosis fue de 2,5 a 15 mg. La segunda forma era un destilado vegetal con trazas de otros cannabinoides.

El entorno se copió íntegro de los protocolos psicodélicos: el participante se recuesta, se cubre los ojos, suena música y se le pide que dirija la atención hacia dentro y permanezca con lo que aparezca.

Lo que contaron las cuatro personas

Aquí el estudio se pone interesante, y también incómodo para los titulares tajantes.

Los dos participantes que tomaron 25 mg de dronabinol calificaron la experiencia como más cercana a un psicodélico clásico que a un cannabinoide; uno añadió además un parecido con un disociativo. Los dos del destilado hicieron lo contrario: reconocieron el cannabis sin dudarlo.

La prueba a ciegas se partió por la mitad, y se partió por la forma del producto, no por la dosis. La misma cantidad de THC, la misma habitación, veredictos opuestos.

Cuando los investigadores dejaron de preguntar «qué cree que tomó» y miraron las escalas validadas de estados alterados de conciencia y experiencias místicas, los perfiles se acercaron. Ahí ambas formas de THC a 25 mg produjeron patrones cualitativamente parecidos a los de la psilocibina. El destilado, además, se valoró como más intenso en conjunto que la misma dosis de dronabinol: un recordatorio de que extracto de planta entera y molécula aislada no son intercambiables, la misma discusión que atraviesa la investigación del dolor en el ensayo que enfrentó CBG y extracto de espectro completo.

La dosis de 50 mg es el detalle que suele perderse al resumir. Más THC no significó más psicodelia. El perfil cambió de carácter y se inclinó hacia la sedación y la disociación. Si el THC fuera simplemente un psicodélico débil al que le falta empuje, la dosis mayor debería haberlo confirmado. No lo hizo.

Dos caminos distintos, un relato parecido

Conviene decir con claridad lo que el estudio no muestra: no muestra que el THC actúe en el cerebro como la psilocibina.

La psilocibina es un psicodélico clásico y sus efectos dependen en buena medida de la señalización serotoninérgica, sobre todo del receptor 5-HT2A. El THC actúa a través del sistema endocannabinoide, principalmente en los receptores CB1. Dos puertas completamente distintas del mismo edificio.

Lo que se comparó no fue el mecanismo, sino la fenomenología: la textura de la experiencia según quien la vive. La analogía útil es la del viaje. Dos personas pueden recorrer carreteras distintas y describir tramos de paisaje que suenan asombrosamente parecidos. El parecido es real y medible con los cuestionarios que ya usa el campo. No prueba que la carretera fuera la misma.

Hay además una limitación de composición: los cuatro participantes eran blancos no hispanos, tres tenían posgrado y ninguno fue seleccionado por representar a un consumidor habitual de cannabis. Con cuatro personas, una respuesta atípica equivale al 25 % de los datos.

Vista desde una farmacia española: 25 mg no es una dosis cualquiera

Para dimensionar la cifra sirve mirar el único medicamento de cannabis con autorización en España. La ficha técnica de Sativex publicada por la AEMPS especifica que cada pulverización de 100 microlitros aporta 2,7 mg de THC y 2,5 mg de CBD, y la posología habitual no supera las 12 pulsaciones diarias.

Es decir: el máximo diario ronda los 32 mg de THC repartidos a lo largo de toda una jornada, en pacientes con esclerosis múltiple que han ido subiendo la dosis poco a poco durante semanas. El estudio de Baltimore administró 25 mg de golpe, por vía oral, a personas sanas, bajo supervisión médica y con dos acompañantes presentes. La comparación no es matemática —son vías, indicaciones y contextos distintos—, pero sitúa la escala.

Seis reguladores, ninguna referencia común

En el mundo hispanohablante no existe una respuesta única a la pregunta «¿y aquí qué significa esto?», porque no hay un marco único.

Uruguay regula el cannabis a través del IRCCA con un mercado adulto legal desde hace más de una década. Argentina combina el registro REPROCANN, que ampara el cultivo para uso medicinal, con la ANMAT como autoridad de medicamentos. Colombia canaliza los productos derivados a través del INVIMA. México lo hace mediante COFEPRIS. Chile registra sus medicamentos ante el ISP. España depende de la AEMPS. Seis países, seis lógicas distintas, y en ninguno de ellos existe un producto de consumo con 25 mg de THC etiquetados y verificados que pueda servir de referencia al lector.

La psilocibina es un caso aparte y más restrictivo: figura en las listas de sustancias prohibidas en todos estos países. México presenta una particularidad que no tiene equivalente en Europa: su legislación reconoce una excepción para el uso ceremonial tradicional de hongos en comunidades indígenas, un reconocimiento cultural que no equivale a un marco de investigación clínica ni a una autorización de consumo general.

Ese vacío regulatorio también explica por qué la ciencia avanza despacio. El problema no es solo legal: es de financiación y de acceso a materia prima estandarizada, como explicaron tres investigadores en el análisis sobre por qué reclasificar el cannabis en Estados Unidos no va a multiplicar los estudios.

El motivo real: un problema de ciego roto

Detrás de todo esto hay una motivación práctica que nada tiene que ver con zanjar si el cannabis es psicodélico.

Los ensayos con psicodélicos arrastran una debilidad metodológica conocida: el desenmascaramiento funcional. En teoría nadie sabe quién recibió el fármaco y quién el placebo. En la práctica, una persona en mitad de una experiencia intensa con psilocibina lo deduce sola, y quien la acompaña también. El ciego se rompe y las expectativas contaminan el resultado.

Ahí es donde el THC interesa a quien diseña protocolos: una sustancia capaz de producir un estado alterado comparable por una vía farmacológica distinta sería mucho más difícil de identificar que cualquier placebo. Por ahora es una hipótesis. Los autores insisten en que cuatro casos no bastan ni de lejos y piden estudios sistemáticos con más participantes y un rango de dosis más amplio.

Tampoco es una idea nueva. En 2018 el mismo centro publicó el caso clínico de un hombre de 30 años que tuvo alucinaciones visuales y auditivas tras inhalar vapor de cannabis con 25 mg de THC en un experimento controlado. En 2021, un equipo de la Universidad de Albany documentó que entre el 17 % y el 19 % de los participantes alcanzaban con cannabis niveles que los autores clasificaron como experiencias de «ruptura», frente al 59 % descrito en algunos ensayos con psilocibina. Y en 2023 una revisión de Johns Hopkins propuso exactamente este experimento: que el cannabis de alta potencia quizá sí produce efectos psicodélicos, pero la investigación moderna rara vez los capta porque usa dosis modestas y despachos con ordenador en lugar de un entorno preparado.

Qué se puede concluir

Si la pregunta era si el THC se parece a la psilocibina, la respuesta honesta es: a veces, en algunas personas, con dosis altas y en un entorno diseñado para ello, y cuatro personas no dicen con qué frecuencia.

Lo que el trabajo aporta de verdad es una idea más nítida de lo inestable que es la experiencia con THC. Dos personas tomaron lo mismo en la misma sala y clasificaron la sustancia de forma distinta. Duplicar la dosis cambió el carácter del efecto en lugar de intensificarlo. Y la forma del producto movió tanto la intensidad como la interpretación. Eso conecta con un problema mayor: la cifra de la etiqueta no siempre describe lo que hay dentro, como demostró la auditoría de potencia en tiendas de Massachusetts, y la creencia de que el CBD suaviza el THC tampoco resistió el primer metaanálisis sobre la interacción.

Nada de esto convierte al cannabis en un psicodélico. Lo que sí sugiere es que la palabra «colocarse» describe con mucha menos precisión de la que se le supone.

Preguntas frecuentes

¿Significa esto que el cannabis es un psicodélico?

No. El estudio comparó la experiencia subjetiva, no el mecanismo, y lo hizo con cuatro personas sin estadística inferencial. Parte del perfil coincidió con el de la psilocibina y parte no, y la mitad de los participantes identificó el cannabis correctamente.

¿Por qué influyó tanto la forma del THC?

El estudio no ofrece una explicación cerrada, pero la diferencia existió: el dronabinol sintético de más del 99 % de pureza y el destilado vegetal con 89,9 % de THC se valoraron de forma distinta tanto en intensidad como en reconocimiento. Con dos participantes por forma, es una observación, no un patrón establecido.

¿Por qué la dosis alta no produjo más efecto psicodélico?

Porque la relación entre dosis y efecto subjetivo no es una línea recta. A 50 mg el perfil se desplazó hacia la sedación y la disociación. Solo dos personas recibieron esa dosis, así que el hallazgo pesa aún menos que el resto.

¿Cuál es la situación legal de la psilocibina y el THC en los países hispanohablantes?

La psilocibina figura en las listas de sustancias fiscalizadas en España y en toda América Latina, y su uso clínico requiere autorizaciones específicas de investigación; en México, la Ley General de Salud contempla además una excepción para el uso ceremonial tradicional en comunidades indígenas, que no habilita el consumo general. El cannabis medicinal sí tiene vías reguladas, distintas en cada país: IRCCA en Uruguay, REPROCANN y ANMAT en Argentina, INVIMA en Colombia, COFEPRIS en México, ISP en Chile y AEMPS en España, donde el único medicamento de cannabis autorizado es un aerosol bucal indicado para la espasticidad por esclerosis múltiple.

Aviso legal

Este artículo es periodismo sobre investigación científica publicada y tiene carácter exclusivamente informativo. No constituye consejo médico, recomendación terapéutica ni orientación de dosificación, y no sustituye la consulta con un profesional sanitario. El THC y la psilocibina son sustancias fiscalizadas en España y en los países de América Latina, con marcos legales que varían de forma sustancial entre jurisdicciones. El estudio descrito se realizó con cuatro participantes bajo supervisión médica y con autorizaciones específicas, y sus resultados no permiten anticipar cómo respondería una persona concreta. Quien esté considerando un tratamiento con cannabinoides debe consultar a un profesional sanitario con experiencia en la materia y conocer la normativa vigente en su país.

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