Durante tres semanas, siete equipos de medición estuvieron colocados entre unas 900 plantas de cannabis en flor, dentro de una nave reconvertida en el estado de Oklahoma. Registraron dióxido de carbono, partículas, gases, temperatura y humedad cada minuto o cada cinco. Casi todo el tiempo el aire fue indistinguible del de una oficina. Y entonces, un jueves por la tarde a finales de julio, un sensor marcó casi 35.000 microgramos de partículas finas por metro cúbico: una cifra que uno asocia a una tormenta de polvo, no a un puesto de trabajo.
Esa medición, y los aproximadamente 113.000 registros que la rodean, provienen de un estudio piloto que Hongwan Li y sus colegas de la Universidad de Oklahoma y la Universidad de Wisconsin-Madison publicaron en Annals of Work Exposures and Health (doi.org/10.1093/annweh/wxag074). Es la primera caracterización del aire interior de una instalación de cultivo de cannabis en ese estado. Y aunque el escenario es estadounidense, la pregunta que plantea es directamente aplicable a Colombia, Uruguay, Argentina, México, Chile y España: en todos ellos hay ya personas que trabajan cada día dentro de invernaderos y salas de cultivo legales, y en ninguno se ha medido el aire que respiran.
Key Takeaways
La medición continua en una sala de 186 metros cuadrados no encontró un único contaminante dominante, sino cuatro cargas superpuestas. El dióxido de carbono siguió el ciclo de luz de las plantas, con medias en torno a 1.000 ppm y picos por encima de 2.200, muy por debajo del límite profesional pero por encima de las referencias habituales de aire interior. Las partículas se comportaron al revés: un fondo limpísimo de 1,4 a 3,1 microgramos por metro cúbico interrumpido por episodios que alcanzaron los 35 miligramos durante trabajos de deshojado. A eso se suman compuestos orgánicos volátiles, temperaturas de hasta 41,2 grados y humedades relativas que rozaron el 100 %. Es un estudio piloto en una sola instalación, con sensores de gama de cribado, y mide la sala, no a la persona. Lo que sí establece con solidez es la forma de la exposición: un fondo tranquilo que en cuestión de minutos sube tres o cuatro órdenes de magnitud.
Cómo se midió la calidad del aire en un cultivo de cannabis
El seguimiento se realizó entre el 10 de julio y el 1 de agosto de 2023 en una instalación cerrada de cannabis medicinal en el centro de Oklahoma, de unos 186 metros cuadrados, con cerca de 900 plantas en floración temprana y media. El fotoperiodo era de aproximadamente doce horas de luz y doce de oscuridad, el CO₂ se inyectaba de forma intermitente y la climatización funcionaba de manera continua en una sola zona. No había deshumidificador.
Los siete equipos se repartieron en tres zonas —pared izquierda, centro, pared derecha— a metro y medio del suelo, la altura aproximada de respiración de una persona de pie. Tres sensores infrarrojos registraban CO₂, temperatura y humedad cada cinco minutos; dos monitores multiparamétricos añadían partículas, monóxido de carbono, dióxido de nitrógeno, ozono, dióxido de azufre y compuestos orgánicos volátiles totales cada minuto; dos contadores láser de partículas medían el polvo cada dos minutos.
Lo verdaderamente novedoso no son los aparatos, sino la duración. Casi toda la literatura previa sobre aire en instalaciones de cannabis se basa en campañas cortas centradas en una tarea concreta. Tres semanas de registro continuo capturan también lo que ocurre cuando no hay nadie mirando, como las largas fases de oscuridad en las que el gas se acumula solo.
El dióxido de carbono vive según el horario de las lámparas
El hallazgo más nítido fue un ciclo diario de CO₂ que calca el programa de iluminación. Los tres sensores infrarrojos dieron medias de entre 979 y 1.086 ppm, con máximos de 2.214 a 2.290 ppm. Los dos monitores multiparamétricos, que funcionaron más tiempo y más tarde, promediaron 883 y 897 ppm.
La explicación intuitiva —las plantas absorben CO₂ con la luz y lo liberan a oscuras— les resulta insuficiente a los autores. Sin registros de la dosificación de CO₂, sin datos de control de la climatización y sin una tasa de renovación de aire medida, no es posible repartir el fenómeno entre metabolismo vegetal, equipo de enriquecimiento y ventilación. El personal queda descartado como causa principal: solía abandonar la sala en cuanto se apagaban las luces.
Conviene situar las cifras. El límite recomendado por el NIOSH estadounidense para CO₂ es de 5.000 ppm promediados en ocho horas, y nunca se acercaron a él. En cambio, superaron con regularidad el valor de 1.000 ppm que suele usarse como referencia de aire interior aceptable, y las concentraciones por encima de 1.500 ppm se han asociado en otros entornos a menor atención y más síntomas referidos. La trampa está en que esa referencia se pensó para locales donde la fuente de CO₂ son las personas. Aquí el gas se inyecta a propósito para aumentar el rendimiento del cultivo. La norma encaja formalmente, pero no se escribió para esto: ese es justamente el vacío que el estudio señala.
La concordancia entre equipos del mismo tipo fue casi perfecta, con correlaciones superiores a 0,996 dentro del trío de sensores infrarrojos y de 0,994 entre los dos multiparamétricos. Entre plataformas distintas bajó a valores de 0,18 a 0,45, algo que los autores atribuyen a periodos de medición no coincidentes y a distintos convenios de marca temporal, no a heterogeneidad real del aire dentro de la sala.
Partículas: aire limpio hasta que alguien toca la planta
Con el polvo la imagen se invierte. La mediana fue de 2,0 microgramos por metro cúbico en ambos monitores multiparamétricos y de 1,4 a 3,1 en los contadores de partículas. Las medias aritméticas, en cambio, quedaron entre 31 y 185 microgramos: de cincuenta a noventa veces las medianas.
Ese desfase es el resultado. Unos pocos episodios de minutos a un par de horas arrastraron el promedio muy por encima de lo que una persona experimenta en una jornada normal. El mayor ocurrió durante las horas diurnas del 27 de julio: un monitor registró un máximo horario de 34.953 microgramos por metro cúbico y el otro de 26.982. Según la propia instalación, coincidió con labores de poda y deshojado sobre plantas en floración, no con la cosecha. En la fracción gruesa los valores subieron aún más, hasta 63.913 microgramos, lo que apunta a material vegetal y de sustrato levantado mecánicamente.
Dos matices son obligatorios. El sensor está especificado hasta 1.000 microgramos por metro cúbico, de modo que los picos demuestran que ocurrió algo extremo, pero no son una medida precisa de masa. Y no existía registro de tareas: la asociación con el deshojado se apoya en el testimonio de la empresa, no en marcas horarias. Aun así, el fondo del asunto se sostiene: unos minutos de trabajo manual multiplican la carga de partículas de la sala por mil o más.
El patrón encaja con trabajos previos. En el estado de Washington, Silvey y colegas midieron concentraciones medias de 42 a 60 microgramos por metro cúbico en zonas de cultivo, manicurado y preliado: un fondo más alto que el de Oklahoma, porque allí se midió durante la actividad. Una evaluación del NIOSH en Minnesota documentó 3,4 miligramos por metro cúbico de partículas totales durante una molienda de 45 minutos.
Compuestos volátiles, calor y humedad
Los compuestos orgánicos volátiles totales promediaron 1,42 y 3,61 miligramos por metro cúbico, con percentiles 95 de hasta 15,19. El sensor es de banda ancha y no separa sustancias, así que las cifras informan del orden de magnitud y de cuándo subió la carga, pero no de qué terpenos había en el aire. Mediciones específicas de Samburova y colegas en Nevada dieron entre 21 y 290 partes por mil millones en condiciones normales y más de 1.000 con la ventilación restringida.
Lo más tangible para quien trabaja allí es el ambiente térmico. Las temperaturas oscilaron entre 16,9 y 41,2 grados, con medias por sensor de 23 a 28. La humedad relativa promedió entre el 72 y el 82 %, y llegó al 99-100 %. Con 900 plantas transpirando en 186 metros cuadrados y sin deshumidificador, la humedad no era una avería sino una condición de diseño. De hecho, ese exceso de calor y vapor es lo que hace imposible ocultar una plantación cerrada, como explicamos a propósito de las 1.500 plantas de una iglesia inglesa. Y la humedad alta degrada precisamente los sensores con los que se midió todo lo demás, motivo por el que los autores piden leer con cautela los valores absolutos.
La vara de medir española, y el vacío latinoamericano
Aquí es donde el caso deja de ser exótico. En España, el Real Decreto 486/1997 fija en su anexo III que la temperatura de los locales donde se realizan trabajos ligeros debe estar entre 14 y 25 grados, y la humedad relativa entre el 30 y el 70 %. La sala de Oklahoma superó ambos rangos con holgura durante buena parte de la jornada: 41 grados y humedad cercana a la saturación quedan fuera de cualquier lectura posible del texto. El mismo reglamento exige además una renovación mínima de 30 metros cúbicos de aire limpio por hora y trabajador, y la Ley 31/1995 obliga a evaluar el riesgo en cualquier puesto. España no tiene una norma específica para salas de cultivo de cannabis, pero sí tiene el marco entero: lo que falta no es la regla, sino los datos con los que aplicarla.
En América Latina la situación es distinta y, en cierto modo, más urgente. Los organismos que regulan el cannabis —el IRCCA uruguayo, el INVIMA colombiano, la ANMAT argentina junto al registro REPROCANN, la COFEPRIS mexicana, el ISP chileno y la AEMPS española— supervisan el producto: licencias, trazabilidad, calidad farmacéutica. La salud de quien trabaja dentro del invernadero depende, en cambio, de los ministerios de trabajo y de normativas generales de riesgos laborales que no contemplan este cultivo en particular. Colombia, que ha construido un sector exportador considerable y que dio un paso importante hacia una regulación más amplia, emplea ya a miles de personas en labores de poda y manicurado. No existe ningún estudio publicado sobre el aire que respiran.
Hay un matiz técnico que conviene no saltarse. Buena parte del cultivo latinoamericano y español es de invernadero, no de sala sellada con luz artificial, y eso cambia las cosas: sin enriquecimiento de CO₂ ni fotoperiodo forzado, el hallazgo del ciclo diario de dióxido de carbono se traslada mal. El de las partículas, en cambio, se traslada casi entero, porque depende de la tarea y no del edificio: podar y deshojar levanta polvo vegetal en Antioquia igual que en Oklahoma. Y el calor, en un invernadero mediterráneo o tropical en verano, difícilmente será menor que el registrado en el estudio.
Que estas exposiciones tienen consecuencias no es especulación. En una instalación de Washington, Sack y colegas encontraron que el 65 % del personal declaraba síntomas respiratorios relacionados con el trabajo, el 48 % tos y el 26 % opresión torácica, y que el 42 % cumplía criterios de asma.
Por qué Oklahoma llegó hasta aquí
El estado construyó uno de los mercados de cannabis medicinal más grandes de Estados Unidos en apenas cinco años. Para 2023, su regulador había concedido más de 7.300 licencias comerciales, incluidas más de 1.800 tiendas, y superaba los 380.000 pacientes registrados, cerca del 10 % de la población. Un análisis encargado por el propio organismo concluyó que había treinta y dos veces más cannabis medicinal regulado del que los pacientes necesitaban. Desde 2022 rige una moratoria para nuevas licencias de cultivo.
Las bajas barreras de entrada atrajeron a numerosos operadores pequeños en naves reconvertidas, sin la ingeniería de las instalaciones diseñadas para el propósito. A diferencia de Colorado, Oklahoma no tiene ninguna guía de seguridad laboral específica para el sector. En el plano federal el estatus legal del cannabis está cambiando, aunque, como analizamos en su momento, la reclasificación no basta para que lleguen los estudios. Mientras tanto la demanda crece: las encuestas ya reflejan que se fuma más cannabis que tabaco, y con el mercado crece el número de personas que podan esas plantas a mano.
Lo que el estudio no demuestra
Es un piloto en un único edificio, y los autores lo repiten sin descanso. Los equipos fijos describen la sala, no a la persona: la exposición real en la zona de respiración de quien deshoja puede ser mayor o menor. No hubo datos de salud, ni encuesta de síntomas, ni muestreo personal, ni registros de tareas, dosificación de CO₂ o aplicación de plaguicidas. Los sensores eran nuevos y calibrados de fábrica, pero nunca se contrastaron en campo con instrumentos de referencia. Los periodos de medición de los distintos tipos de equipo solo coincidieron parcialmente, y no se midió el aire exterior.
Lo que sobrevive a todas esas reservas es una forma: fondo bajo, excursiones extremas, un CO₂ acoplado a la luz y un ambiente térmico que pasa la mayor parte de la jornada al borde de las referencias vigentes. Para actuar sobre eso no hace falta un límite nuevo. Cruzar los datos de climatización con el calendario de labores, programar el deshojado en función de la ventilación y prever protección respiratoria para las tareas que generan polvo son medidas disponibles hoy.
Preguntas frecuentes
No existe una norma específica para salas de cultivo en ninguno de estos países. En España se aplican la Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales y el Real Decreto 486/1997, cuyo anexo III fija los rangos de temperatura y humedad de los locales cerrados, además del resto del bloque de riesgos químicos y biológicos. En América Latina, los organismos que aparecen en las licencias —IRCCA, INVIMA, ANMAT, COFEPRIS, ISP— regulan el producto y su trazabilidad, mientras que la salud del personal depende de la normativa general de seguridad y salud en el trabajo de cada país. El marco existe en todas partes; lo que no existe son datos de exposición propios del sector.
Según los límites profesionales, no. Los picos por encima de 2.200 ppm quedaron muy lejos de las 5.000 ppm de referencia para una jornada de ocho horas. Sí superaron de forma sostenida el valor de 1.000 ppm que se usa como indicador de aire interior aceptable, que es un criterio de confort y rendimiento, no un umbral toxicológico.
No necesariamente. Los equipos estaban fijados a paredes y soportes, no a las personas, así que describen la sala. Además, el rango declarado del sensor termina bastante por debajo de los picos registrados, de modo que la cifra prueba la magnitud del episodio, no una concentración exacta. Lo sólido es que una tarea manual breve dispara el polvo ambiental.
Solo en parte. El ciclo de CO₂ depende de la sala sellada, la luz artificial y la inyección de gas, y no se traslada bien a un invernadero. Los episodios de partículas asociados a poda y deshojado sí, porque dependen de la tarea. Y el calor y la humedad, en climas mediterráneos o tropicales, plantean el mismo problema o uno mayor.
Aviso legal
Este artículo es periodismo científico sobre un estudio publicado de salud laboral y tiene finalidad exclusivamente informativa. No constituye asesoramiento médico, jurídico ni de prevención de riesgos laborales, no establece límites de exposición ni obligaciones de cumplimiento para ninguna instalación, y no contiene recomendaciones de compra, cultivo o consumo de cannabis. La legislación sobre cannabis difiere sustancialmente entre países y, dentro de América Latina, entre jurisdicciones vecinas; la instalación descrita opera bajo la normativa de su estado y no bajo la de ningún país hispanohablante. Las empresas y las personas trabajadoras con dudas sobre ventilación, ambiente térmico o protección respiratoria deben dirigirse a su servicio de prevención y a la autoridad laboral competente. Las mediciones descritas proceden de un estudio piloto realizado con sensores de cribado y no son datos aptos para comparación con valores límite reglamentarios.