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Cheech y Chong abren una tienda de cannabis justo cuando Washington prohíbe su producto estrella

El sábado por la mañana, en un pueblo de unos pocos miles de habitantes del estado de Maine, dos cómicos que se hicieron famosos en los años setenta bromeando sobre la marihuana van a cortar la cinta de otro local. El diario Bangor Daily News informó esta semana que Cheech and Chong’s Dispensoria inaugura en Milo de 10 a 19 horas, con sorteos, rifas y control estricto de edad: solo mayores de 21 años.

El chiste se escribe solo. Pero debajo hay una de las historias más extrañas de la política de drogas estadounidense actual, y tiene poco que ver con la nostalgia. Esa misma semana, la empresa matriz de la marca publicó en Los Ángeles un comunicado respaldando un proyecto de ley bipartidista en el Congreso de Estados Unidos. No es una parodia ni un golpe publicitario, sino una postura política formal, con declaraciones del director ejecutivo, del presidente de la compañía y de un «director de bebidas».

Para entender por qué dos íconos del humor cannábico hablan ahora como una cámara empresarial hay que saber una cosa: en Estados Unidos conviven hoy dos industrias del cannabis completamente separadas. Y una de ellas está programada para apagarse el 12 de noviembre.

Claves para entender la historia

Cheech and Chong’s Dispensoria abre en Milo, Maine, y suma un local más a una red de licencias que ya cubre decenas de puntos de venta en Estados Unidos. La marca no es dueña de la mayoría de esas tiendas: alquila su nombre. En paralelo, la compañía respalda la Lawful Hemp Protection Act, un proyecto de los legisladores Angie Craig y Andy Barr que busca reescribir la normativa federal del cáñamo antes del 12 de noviembre de 2026, fecha en que entra en vigor una prohibición efectiva de la mayoría de los productos con THC derivado del cáñamo. La distinción importa: la tienda de Maine vende marihuana con licencia estatal y no queda alcanzada por ese plazo, mientras que el negocio de bebidas de la compañía sí está en la línea de fuego. En el mundo hispanohablante, ninguna versión de este modelo sería viable hoy, y el caso de Uruguay explica por qué mejor que ningún otro. Además, la fama no garantiza nada: la propia tienda del dúo en Portland duró trece meses.

Una planta, dos universos legales

Esto es lo que casi nadie entiende fuera del sector: en Estados Unidos el cannabis está partido en dos jurídicamente, y la línea divisoria no es química sino aritmética.

La ley agrícola de 2018, la famosa Farm Bill, legalizó el «cáñamo» definiéndolo como Cannabis sativa con un máximo de 0,3 % de delta-9-THC sobre materia seca. Ese umbral se pensó para fibra y semilla. Lo que no previeron los legisladores es que un porcentaje sobre materia seca no dice absolutamente nada sobre cuánto THC termina en el producto final. Una lata de gaseosa es casi toda agua. Se pueden agregar diez miligramos de THC y seguir cómodamente por debajo del 0,3 % en peso.

De esa rendija —el sector la llama directamente «el hueco del cáñamo»— nació un mercado paralelo completo: delta-8, flores con THCA, gomitas y, sobre todo, bebidas con dosis bajas de THC. Nada de eso se vende en dispensarios con licencia, sino en licorerías, estaciones de servicio y, en algunos estados, hasta en cervecerías. La demanda de cannabinoides derivados del cáñamo se estima hoy en más de 28.000 millones de dólares.

El «otro» cannabis —la marihuana con licencia estatal, la que se vende en Milo— funciona con reglas opuestas: licencias, trazabilidad de cada lote, verificación de edad, impuestos especiales y prohibición absoluta de cruzar fronteras estatales.

Dos productos. Muchas veces la misma molécula. Dos reglamentos incompatibles.

12 de noviembre: la fecha marcada en rojo

El Congreso reaccionó. En la ley de presupuesto agrícola para el año fiscal 2026, firmada a fines del año pasado, los legisladores redefinieron el cáñamo: ya no por porcentaje sobre materia seca, sino por THC total por envase. El tope quedó en 0,4 miligramos. Para dimensionarlo: una bebida típica lleva entre cinco y diez miligramos por lata. Con el criterio nuevo, prácticamente toda la categoría pasa a ser sustancia controlada.

La norma nació con una mecha de un año. Se consume el 12 de noviembre de 2026.

Eso explica el clima raro que vive el sector: bajo la amenaza de prohibición, las ventas de bebidas de cáñamo no cayeron, sino que aumentaron. Los consumidores acumulan, los distribuidores se cubren y todos esperan al Congreso, un fenómeno que ya documentamos al analizar el crecimiento acelerado de estas bebidas frente al veto federal.

Por qué dos cómicos hablan ahora como un lobby

El 22 de julio, la legisladora Angie Craig (demócrata por Minnesota), principal voz demócrata en el Comité de Agricultura de la Cámara de Representantes, y el legislador Andy Barr (republicano por Kentucky) presentaron la Lawful Hemp Protection Act. Kentucky apostó fuerte al cáñamo tras el declive del tabaco.

El proyecto no defiende el vacío legal: lo reemplaza por regulación. Sube el umbral de THC al 1 % sobre materia seca, fija una edad mínima nacional de 21 años, prohíbe la publicidad dirigida a menores y establece exigencias federales de análisis de laboratorio, etiquetado, envasado, fabricación y origen de la materia prima. También suma nuevos impuestos. En resumen: propone tratar al THC del cáñamo más o menos como se trata al alcohol, en lugar de fingir que no existe.

Cheech and Chong’s Global Holding Co. lo respaldó de inmediato. Su director ejecutivo, Jonathan Black, sostuvo que los productos seguros y las reglas claras no deberían dividirse por partido: «Esto no debería ser un tema partidista», dijo. El presidente de la empresa, Brandon Harshbarger, apeló a los agricultores que ya sembraron y a los emprendedores que pusieron sus ahorros en plantas de producción. Y el responsable de bebidas formuló el argumento central del sector: prohibir no elimina la demanda, elimina los análisis, el etiquetado y la trazabilidad, y empuja al consumidor hacia un mercado sin controles.

Convincente o interesado, el cambio de papeles es notable. Los hombres a quienes alguna vez detuvieron por marihuana hoy le piden a Washington estándares de cumplimiento normativo. Ese trayecto —de forajido a actor económico— lo recorrió la industria entera, y es la razón por la que cómicos, raperos y actores aparecen cada vez más en las peleas regulatorias, un fenómeno que seguimos de cerca en nuestra cobertura de las figuras del sector.

Una advertencia honesta: el proyecto no es un salvavidas universal. Los abogados especializados ya señalaron que las flores con alto contenido de THCA, una porción considerable del mercado actual, quedarían fuera. Y su futuro es incierto: presentar un proyecto no es aprobarlo, y el calendario aprieta.

Qué significa esto para el mundo hispanohablante

Acá viene la parte que más interesa desde América Latina y España, porque el contraste es revelador.

Uruguay es el espejo perfecto de esta historia. Es el único país de la región con un mercado adulto plenamente legal y regulado por el Estado desde la Ley 19.172, supervisado por el IRCCA, con tres vías de acceso —autocultivo, clubes de membresía y venta en farmacias— y un registro de usuarios. Y justamente ahí una marca como Cheech and Chong no valdría nada: el modelo uruguayo se construyó sobre envases neutros, sin publicidad, sin competencia de marcas y con precio fijado por el Estado. Es decir, el único mercado adulto legal del mundo hispanohablante es precisamente aquel donde el negocio de alquilar un nombre famoso carece de objeto. No es una casualidad: fue una decisión de diseño, tomada para evitar exactamente el tipo de mercado de consumo masivo que hoy Estados Unidos intenta desarmar por ley.

En el resto de la región el panorama es de marcos medicinales e industriales, no de venta recreativa. Argentina combina el registro REPROCANN para cultivo con fines medicinales, la supervisión de ANMAT sobre productos y un marco legal específico para el cannabis medicinal y el cáñamo industrial. Colombia se consolidó como potencia exportadora de cannabis medicinal bajo control del INVIMA, mientras los intentos de regular el uso adulto naufragaron una y otra vez en el Congreso. México vive el caso más paradójico: la Suprema Corte declaró inconstitucional la prohibición absoluta, pero el Congreso nunca aprobó la ley reglamentaria, de modo que COFEPRIS administra permisos en un limbo donde el mercado legal simplemente no llegó a existir. Chile mantiene un esquema restrictivo bajo la Ley 20.000, con el ISP a cargo del control sanitario de medicamentos.

España, por su parte, dio en octubre de 2025 un paso largamente demorado con el Real Decreto 903/2025, que habilita fórmulas magistrales tipificadas a partir de preparados estandarizados de cannabis, inscritas en un registro de la AEMPS. Es un marco deliberadamente estrecho: elaboración en farmacia hospitalaria, prescripción por especialistas y exclusión de la flor. El propio Ministerio de Sanidad anticipó una revisión hacia finales de 2026 para evaluar si la dispensación puede ampliarse a la farmacia comunitaria.

La lección transversal es la misma en todas partes: la lazada estadounidense no se abrió por tener un umbral generoso, sino por haberlo atado a la materia seca de la planta en vez de a la dosis del producto terminado. Cualquier legislación futura en la región —sobre bebidas, comestibles o cosmética con cannabinoides— se juega en ese detalle técnico, no en la retórica.

El bono de la fama se agota en menos de un año

Ahora la parte incómoda.

Cheech and Chong’s Dispensoria es un negocio de licencias. La marca aporta nombre, estética y un reconocimiento enorme; los locales suelen abrirlos y operarlos empresarios independientes. El modelo exige poco capital y escala rápido, pero también permite que cada punto desaparezca a la misma velocidad.

El dúo ya lo vivió en Maine: su tienda de Portland abrió en 2024 con mucho ruido y cerró trece meses después.

No están solos. El local del rapero Ice-T en Jersey City no llegó al año, y otro en Newark respaldado por integrantes de Wu-Tang Clan tampoco. Un análisis reciente de El Planteo sobre 83 marcas de cannabis de celebridades encontró que el fracaso es el resultado más común, y que las excepciones suelen venir de personas con historia previa dentro del sector, no de un nombre pegado a una etiqueta. El patrón se repite lo suficiente como para tomarlo por regla: un nombre famoso garantiza un fin de semana de apertura espectacular y casi nada después. El comercio minorista de cannabis es un negocio de margen, decidido por ubicación, alquiler, costo de licencia y cantidad de competidores a quince minutos de distancia.

Maine funciona como caso de manual. El estado tiene alrededor de 180 puntos de venta con licencia y años de sobreoferta derrumbaron los precios: el gramo promedio de flor pasó de valores de dos dígitos en los primeros años a unos seis dólares hoy. La autoridad estatal del sector viene señalando la sobreproducción como el problema estructural de fondo.

Visto así, la apertura en Milo cambia de sentido. Instalarse en un pueblo chico quizá no sea un descenso respecto de Portland, sino la estrategia real: menos competencia por habitante, alquileres más baratos y clientes que hoy manejan largas distancias. A una marca que no necesita comprar reconocimiento le conviene más un mercado delgado que uno saturado.

Cheech Marin a los 80: del arresto a la empresa familiar

Un último detalle cierra el círculo. Cheech Marin cumplió 80 años el 13 de julio.

El hombre que construyó su carrera interpretando a un personaje siempre en problemas con la policía pasó las últimas dos décadas poniendo voz a películas de Disney, escribiendo libros infantiles, haciendo música y fundando un centro de arte chicano que lleva su nombre. El negocio cannábico es hoy un asunto familiar: su hija Jasmine se ocupa de la identidad visual de la marca como directora de arte y su hijo Joey dirige la operación.

Esa trayectoria —del arresto a la línea de productos y de ahí a la planificación sucesoria— es la historia estadounidense del cannabis en miniatura. También explica por qué el plazo de noviembre golpea tan fuerte. Ya no es contracultura. Son sueldos.

Qué mirar de acá en adelante

Tres factores definirán si la apertura de Milo se lee, dentro de un año, como jugada inteligente o como nota al pie. Primero, si el Congreso actúa antes del 12 de noviembre y si la solución llega a tiempo para empresas que compran inventario con meses de anticipación. Segundo, si las bebidas de cáñamo sobreviven en alguna forma regulada, porque ahí y no en la flor está el crecimiento real de la marca. Tercero, si las tiendas de pueblos chicos logran escapar a la aritmética que liquidó el local de Portland.

Por ahora, Maine suma una tienda con un cartel famoso en la puerta. Lo interesante ocurre a mil kilómetros de distancia, en una sala de comisiones.

Preguntas frecuentes

¿Podría abrir una tienda así en América Latina o España?

Hoy no, en ningún país hispanohablante. La única jurisdicción de la región con venta legal para uso adulto es Uruguay, donde el sistema se diseñó expresamente sin marcas, sin publicidad, con envase neutro y precio regulado por el Estado bajo control del IRCCA, de modo que licenciar un nombre famoso no tendría sentido comercial. En Argentina, Colombia, México y Chile existen marcos medicinales o industriales —REPROCANN y ANMAT, INVIMA, COFEPRIS e ISP respectivamente—, pero no un canal minorista recreativo. En España, el Real Decreto 903/2025 habilita únicamente fórmulas magistrales de preparados estandarizados en farmacia hospitalaria y con prescripción de especialistas.

¿La prohibición de noviembre afecta a la tienda de Maine?

De forma directa, no. El local de Milo opera dentro del programa estatal de marihuana con licencia de Maine, que se rige por normas propias y no queda alcanzado por la redefinición federal del cáñamo. El plazo del 12 de noviembre apunta a los productos con THC derivado del cáñamo que se venden fuera de ese sistema: bebidas, gomitas, vaporizadores y flores en licorerías, estaciones de servicio y tiendas de conveniencia. Paradójicamente, una prohibición federal podría devolver parte de esa clientela a dispensarios con licencia como este.

¿En qué se diferencia el THC del cáñamo del THC de la marihuana?

Químicamente, casi siempre en nada. El delta-9-THC es delta-9-THC sin importar de qué planta se haya extraído. La diferencia es puramente jurídica y aritmética: el cáñamo se define por un umbral de THC, así que los productos que respetan ese umbral en peso y aun así entregan una dosis perceptible pudieron venderse durante años fuera del sistema regulatorio del cannabis. Esa es exactamente la discrepancia que intentan corregir tanto la norma de noviembre como el proyecto de Craig y Barr, aunque en direcciones opuestas.

¿Puede pasar algo parecido con las bebidas de cannabinoides en países hispanohablantes?

Es poco probable que se repita el mismo mecanismo, porque el vacío estadounidense dependió de una definición basada en materia seca. En la Unión Europea, además, los extractos de CBD en alimentos y bebidas se consideran nuevos alimentos sin autorización vigente, lo que bloquea la vía comercial que en Minnesota o Texas quedó abierta. En América Latina, la regulación de cannabinoides en alimentos varía por país y en general exige autorización sanitaria previa. La discusión relevante, en todos los casos, no es el porcentaje permitido sino la unidad de medida: planta o producto terminado.

Descargo de responsabilidad

Este artículo tiene fines exclusivamente informativos y divulgativos. No constituye asesoramiento legal, médico ni financiero, ni supone una invitación a adquirir, cultivar, elaborar o consumir cannabis o productos derivados del cáñamo. No se formulan afirmaciones sobre propiedades terapéuticas ni promesas de curación. La normativa varía de manera significativa entre países, provincias y municipios, y puede modificarse en cualquier momento; las disposiciones estadounidenses descritas se encuentran expresamente en trámite legislativo. Para cuestiones concretas, conviene consultar a profesionales jurídicos o sanitarios calificados y verificar la legislación vigente en la propia jurisdicción.

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